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Reseña: El soborno de John Grisham

Lacy Stoltz es una joven investigadora y abogada de Florida, y su trabajo consiste en responder a las demandas relacionadas con la mala praxis judicial. Tras nueve años en el puesto, sabe que la mayor parte de los problemas derivan de incompetencias. De repente le llega un caso de corrupción. Greg Myers afirma conocer un juez de Florida que ha robado más dinero que el resto de los jueces poco honestos juntos. Estaba involucrado en secreto con la construcción de un gran casino en tierras indígenas. La mafia financió el casino y ahora se lleva cada mes una buena tajada de la caja mensual. El juez también se lleva su parte y mira hacia otro lado. Todos contentos.

¿Qué nos ha gustado? 
- Buen principio: durante gran parte de la novela, El soborno es un libro notable. Mantiene un ritmo ágil, sin perderse en escenas de relleno y la trama es lo suficientemente atractiva como para mantenernos enganchados. Lo malo es que, hacia la mitad, la historia cae en tópicos y típicos y se vuelve insulsa y sin sentido. Muy lejos de la calidad que han tenido hasta ahora las novelas de John Grisham.
- Entre abogados: un aspecto que sí está muy presente en El soborno es el apartado judicial. Como es habitual en las novelas de Grisham, nos encontraremos con juicios, sentencias y colaboraciones entre agencias gubernamentales que harán las delicias de los lectores habituales del autor.

¿Qué no nos ha gustado? 
- Vaya decepción: lo peor de El soborno es, sin duda, el final. Entre otras razones porque no hay ninguna resolución sólida para muchos de los protagonistas de la novela. Es una conclusión tan abrupta y decepcionante que echará por tierra nuestras expectativas finales.
- Fórmula fallida: lo que más nos gustaba de los libros de Grisham era la perfecta simbiosis que hacía el autor entre las tramas jurídicas y los elencos plagados de personajes único y magistralmente caracterizados. En El soborno, sin embargo, esta mezcla no está presente, al menos en lo que a personajes se refiere. Todos ellos, tanto principales como secundarios, pecan de unidimensionales, planos e irreales. Ninguno se salva.

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