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Reseña: Los instrumentos del mal de Imogen Robertson

Sussex, 1780. Cuando un cadáver sin identificar aparece en las lindes de su propiedad, la curiosa Harriet Westerman no puede evitar implicarse en la resolución de este misterio. Para ello busca la ayuda de su huraño vecino, un anatomista de inteligencia notable pero escasas aptitudes sociales. Las pistas apuntan a la familia del conde de Sussex, a su joven segunda esposa y a su hijo alcohólico, excombatiente en la guerra de Independencia americana. Mientras tanto, en Londres, Alexander Adams es asesinado delante de sus dos hijos pequeños. Las deudas y la complicada historia de los pequeños los llevarán también a Sussex, donde se convierten en un elemento clave de la resolución del misterio.

¿Qué nos ha gustado? 
- La Inglaterra gótica: lo que más nos ha gustado de Los instrumentos del mal es, sin duda, la ambientación. Imogen Robertson consigue imprimir a la obra una atmósfera gótica envolvente que confiere a los acontecimientos un ambiente tétrico, muy adecuado para la historia.
- Bien pensado: la trama de Los instrumentos del mal está muy bien trabajada. Es cierto que una vez que están dispuestas todas las pruebas es fácil descifrar el enigma final, pero hasta llegar ahí Robertson nos mantiene en un constante suspense, dejando que los acontecimientos vayan enredándose pero sin marañas imposibles de resolver por el camino.
- En la época: la contextualización histórica de Los instrumentos del mal tampoco decepciona. Robertson es preciso en detalles y respeta la veracidad de los acontecimientos con fidelidad. Además, la ausencia de largas descripciones hace que ficción y realidad fluyan con bastante soltura.

¿Qué nos ha gustado? 
- Abundancia de personajesLos instrumentos del mal cuenta con un elenco muy numerosos, en el que nos encontramos tanto con figuras históricas reales como ficticias. El único problema es que la rapidez con la que se suceden unas a otras dentro de la novela impide que el lector se familiarice con ellas de una forma efectiva y, al final, terminamos algo perdidos entre tantos nombres.

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