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Crónica del II Congreso del libro electrónico por Amelia Noguera



El 30 y 31 de octubre se celebró en Barbastro, Huesca, el II Congreso del libro electrónico en el que participé como escritora. Aún tengo sensación de derrota: todos los gremios del sector editorial se culpan unos a otros por la debacle que sufren, pero la autocrítica brilla por su ausencia. Y como muestra, un imperdible: el evento se cerró con la metáfora "el Titanic editorial intenta desesperadamente no chocar contra el iceberg de Amazon". Pero lo que más me ha afectado ha sido conocer a las personas —con rostro y nombre— que se han quedado sin trabajo en ese vagar por el océano: agentes literarios, editores, correctores, asesores, maquetadores, diseñadores gráficos, fotógrafos, libreros...

Y en el inicio de todo, los autores tirando del carro como bueyes (en palabras de mi contertulio en mi intervención en el Congreso, Fernando Gamboa). Sería necesario celebrar un Congreso del libro como este cada semana para intentar que los grupos editoriales pongan en práctica las iniciativas necesarias para cambiar esto. ¿Reconocerán ellos que están obligados a ser el motor del cambio? Hacen falta tantos... Quizás lo harían, si se percataran de la importancia mayúscula del lector no como un fin, sino como un medio y, lo crucial, como ente social y cultural. Además, mientras entre ellos se pelean, las personas que se han quedado sin trabajo por culpa del otro, siempre del otro, se reinventan y crean empresas con ideas fascinantes que tienen su principal cliente en las editoriales, pero estas han cerrado el grifo hasta darle la vuelta a la rosca. Como todas las demás.

Por otro lado, allí nadie reconoció que la crisis del mundo editorial en realidad se debe a la falta de interés por la cultura: en el Congreso, salvo los bibliotecarios, no se habló de mejorar el "modelo cultural", sino de cambiar el "modelo de negocio". Ese no es solo el problema fundamental de la literatura hoy, también lo es de la prensa, del teatro, del cine, de la música o de la danza. En España se abandona por sistema lo que huele a cultura. La menosprecia el gobierno y también, a veces, la menosprecian aquellos que más deberían cuidarla: los que viven de ella. Esto es lo que he descubierto en este Congreso, quizás porque soy una recién llegada a este mundo extraño.




En Alemania, me contaban, los autores viven también de los encuentros con los lectores. Cuando un autor presenta un libro, sus lectores pagan un precio módico, 7 u 8 euros, por estar allí y el autor prepara la lectura de su obra, da claves para disfrutarla, responde a las inquietudes de los lectores. Esto jamás pasará aquí, porque aquí el libro es un objeto, cada vez más, y su contenido importa más bien nada. Lo que cuenta es venderlo envuelto con un lacito rojo o, para abaratar costes, con papel de colorines del chino de la esquina.

Si Amazon es el iceberg, en realidad no ha hecho más que aprovechar para auparse la montaña que ha encontrado en mitad del mar. Y esa montaña la han levantado piedra a piedra los mismos que pilotan el Titanic, con la inestimable ayuda de nuestros gobernantes, que machacan sistemáticamente la cultura y usan la educación como instrumento y no como finalidad en sí misma, no sé si por propia ignorancia o por temor a los que piensan. Porque la cultura, en su esencia, es pensamiento.



Sin embargo, muy al fondo, entre la bruma, se vislumbra la esperanza. Eventos como este congreso suponen una oportunidad inestimable y necesaria para el debate. Por eso recalco lo mejor: la impecable organización de un evento con treinta y siete medios de información acreditados, ponentes de excepción que son tantos que renuncio a mencionar a ninguno, apoyo económico para llevar hasta allí a participantes incluso de fuera de España así como la calidad humana de sus organizadores y de muchos de los asistentes e invitados. También conocí al director de un departamento de investigación y desarrollo en un grupo editorial. ¡Bien! ¡Por fin! ¡¡¡Investigación y desarrollo!!!

Además, no sería justa si olvidara las ganas de trabajar, el buen hacer y la ilusión que demuestran siempre mis editores, tanto los de Roca Editorial que ha publicado mi novela La marca de la luna como los de Suma de letras que publicará a partir de 2015 La pintora de estrellas, Escrita en tu nombre y Prométeme que serás delfín. Con esto me quedo, después de todo.

Sin embargo, el fundamento de toda superación no violenta de una crisis siempre es la autocrítica. En ocasiones me siento como Ares, en mi novela Oscuridad. Si esto fuera la isla de Democracia, yo ya habría partido en el Navío de Orfeo.


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