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Reseña: El buen hijo de Ángeles González-Sinde

A sus 37 años Vicente sigue compartiendo vida y negocio con su madre. Quiere que todo cambie pero no sabe cómo hacerlo. ¿Quién te enseña lo que no sabes? ¿Dónde se aprende a vivir mejor? A pesar de ser un tipo al que todos aprecian, tiene un importante talón de Aquiles: su indecisión y su afán por complacer a todos, lo que le lleva a enmarañarse en relaciones afectivas confusas. Un accidente doméstico deja a su progenitora impedida temporalmente, momento que Vicente aprovecha para revolucionar su vida de la manera menos inteligente: enamorándose de Corina, la asistenta cuya personalidad no es tan clara como parece. Una novela de perplejidades vitales construida con tanto sentido del humor como verdad, en la que Ángeles González-Sinde nos demuestra la gran narradora de historias que es.

¿Qué nos ha gustado? 
- Un amigo más: en uno de los aspectos en los que más acierta Ángeles González-Sinde es en la caracterización y construcción de Vicente, el personaje principal de la novela. La humanidad que desprende este protagonista, la cercanía que trasmite y, sobre todo, su personalidad bondadosa harán que el lector se enamoré de él sin dificultades desde le principio.
- Profundidad escondida: El buen hijo parece a simple vista una novela sin mayores pretensiones, pensada para entretener al lector. Sin embargo, según vamos adentrándonos en la trama, la historia nos sorprende por la profundidad con la que está tratada. Preguntas trascendentales y momentos para la reflexión plagan este libro que esconde un rico trasfondo moral y psicológico tras su apariencia amena.
- Estilo correcto: aunque El buen hijo no sea el paradigma de la belleza narrativa, la novela cuenta con un estilo pulcro y matizado que no redunda en errores estilísticos y que se salva de clichés narrativos.

¿Qué nos ha gustado? 
- Meros acompañantes: el punto más débil de la novela son los personajes. Dejando al margen a Vicente, el resto de figuras son meras comparsas en las novelas de las que poco o nada conocemos y que tienen un papel meramente anecdótico.

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