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Reseña: Los días dorados de Jude Deveraux

Escocia, 1766. Angus McTern, jefe de su clan, y es respetado por los hombres y adorado por las mujeres. Hasta que aparece Edilean Talbot. Edilean, nacida en la opulencia, representa todo lo que Angus desprecia. Sin embargo, no puede evitar enamorarse de la joven. Cuando ella se enfrenta con él, Angus se siente muy dolido y humillado ante su clan. Pero llega la herencia que le legó su padre. Angus dejará a un lado su orgullo y ayudará a la heredera, lo que significará vivir un sinfín de peripecias que llevarán a ambos a América.

¿Qué nos ha gustado?
- Amor en plena ebullición: a diferencia de lo que ocurrió en su anterior novela, Jude Deveraux recupera en Los días dorados toda la fuerza emocional y las explosiones sentimentales que siempre han caracterizado sus novelas.
- Buen tándem: la pareja formada por Edilean y Angus conforma un dúo protagonista que nada tiene que envidiar a otros enamorados creados por Deveraux. Ella es una figura muy fuerte y decidida. Él un caballero arrogante pero muy sentimental. Juntos lideran un elenco que aunque no sobresale demasiado tampoco es decepcionante.
- Nada que ver: aunque pueda parecer a simple vista que Los días dorados es una continuación interesada de la que fue la primera novela de Deveraux, Lavender morning, lo cierto es que ésta es una impresión muy errónea. La autora no recupera ninguno de los personajes ni acontecimientos de su libro debut sino que aprovecha las raíces pasadas para hacerle un divertido guiño a sus lectores más incondicionales.

¿Qué no nos ha gustado?
- Viviendo en el presente: algunos aspectos de Los días dorados resultan un tanto acrónicos. Véase por ejemplo, la normalidad con la que Deveraux introduce en pleno 1770 una compañía dirigida solo por mujeres. O el lenguaje totalmente presente que utilizan los personajes cuando llegan a Boston.
- Sin bola de cristal: prever los acontecimientos de Los días dorados es tremendamente sencillo. No hay nada en la trama que consiga sorprendernos realmente y Deveraux tampoco se esfuerza lo suficiente para introducir algún que otro giro imprevisto.

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