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Muerte en verano

Muerte en veranoLa trama de Muerte en verano empieza con la aparición de un cadáver, el del multimillonario Richard Jewel, en su despacho, con una pistola cuidadosamente puesta en su mano para encubrir el homicidio bajo un aparente suicidio. El doctor Quirke tendrá que adentrarse en el lujoso círculo de amistades de la víctima, y también en su sofisticada familia, para encontrar al asesino que se oculta tras este crimen, un objetivo que llevará al protagonista a replantearse sus propias prioridades personales y sentimentales.

Aunque, en apariencia, Muerte en verano puede parecer una novela de detectives al estilo clásico, lo cierto es que esta es una impresión errónea. En la novela que nos ocupa, el lector no presencia, como si formara parte del elenco de personajes, la resolución del crimen ya que este es solo un trasfondo secundario para lo que verdaderamente constituye el núcleo de la novela: los personajes. Y es que como novela negra, Muerte en verano no supone el paradigma de la originalidad pero las figuras narrativas que participan en ella, desde los principales que llevan toda la fuerza del relato con solvencia hasta los secundarios, suplen de sobra cualquier limitación argumental.

En esta nueva novela protagonizada por Quirke acompañamos a unos personajes más perfectos y profundos, que han evolucionado hasta volverse más complejos y personales. Las relaciones entre unos y otros constituyen la verdadera esencia de una novela que juega con las pasiones y los sentimientos enfrentados como hilo conductor de todo el desarrollo argumental.

Una vez más, la prosa de Benjamín Black no nos decepciona. Frases cortas y directas, descripciones concisas y sintéticas y unos diálogos ágiles que no se pierden, en ningún momento, en banalidades y sin sentidos. Como ya vimos en la primera novela que John Banville publicó bajo su seudónimo más conocido, cada frase que componen las casi 300 páginas de Muerte en verano es una muestra de la perfección con la que el autor es capaz de manejar el lenguaje para despertar en el lector cualquiera de nuestros cinco sentidos. Una escritura que a pesar de su perfección no pierde nunca la concisión y el toque de humor que constituyen la seña de identidad de las novelas protagonizadas por el particular Quirke.

El escritor rilandés conduce la novela con un ritmo intermedio que no nos deja sin respirar por la inquietud pero que tampoco nos adormece del aburrimiento. Black construye los hechos manteniendo una tensión constante, sin grandes altibajos, y sin escenas cargadas de violencia ni detalles escabrosos, dejando que sea el propio lector el que reconstruya los detalles que se ocultan bajo la sutil narrativa.

A pesar de que el desarrollo de la trama no presenta demasiados giros imprevistos, Black consigue cerrar la novela con una conclusión tan impactante como inesperada, con cada hilo que constituye la trama perfectamente hilvanado. Un final digno de la calidad general que presenta la obra y de la excepcional prosa de John Banville.

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