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Assassin’s Creed: La cruzada secreta

La cruzada secretaEl vínculo entre los videojuegos y la literatura parece cada vez más fuerte. Ya lo descubrimos con la adaptación de Halo que inició Greg Bear, la que posteriormente se introdujo de Uncharted escrita por Christopher Golden y, sobre todo, con la versión narrativa que Oliver Bowden hizo de una de las sagas más aclamadas de los últimos años: Assassin’s Creed. Ahora, con la tercera novela de la colección, Bowden revive en La cruzada secreta la historia del predecesor de Ezio Auditore, Altaïr, el protagonista del primer Assassin’s que Ubisoft lanzó al mercado.

La mayor parte de la trama de La cruzada secreta es la misma con la que los aficionados de la saga se encontraron en el videojuego que inició la franquicia Assassin’s, sin que Bowden varíe demasiado los acontecimientos principales o aporte algún giro nuevo, como sí hizo en las dos novelas precedentes. De hecho, en algunos capítulos, el escritor norteamericano se limita a ampliar los diálogos extraídos del juego y a seguir al personaje principal de la misma forma que el jugador hacía cuando estaba a los mandos de la videoconsola.

Pero aunque ésta sea la tendencia más marcada en La cruzada secreta, Bowden intercala, de vez en cuando, material narrativo inédito, que no conocimos en los juegos, para enriquecer la trama de la novela frente a su homónimo audiovisual. Especialmente interesantes son los acontecimientos que rodean la vida de Altaïr antes de los eventos ocurridos en 1191 y el final con el que Bowden concluye la vida de algunos de los personajes de la saga, cuyos destinos no conocimos en el juego. 

Eso sí. En esta ocasión, Bowden construye la novela para encaminarla hacia un lector que ha jugado con el videojuego previamente y que ya conoce todo el entramado que rodea la historia, algo que no vimos en Renaissance y La Hermandad. Muestra de ello es la falta de profundidad que existe en las relaciones entre los personajes –como el amor de Altaïr por María que solo se entiende en la novela si has disfrutado antes de los juegos–, o la superficialidad descriptiva de los escenarios en los que el lector no llega a sentirse parte de ellos a no ser que tengamos en la mente las imágenes de Masyaf por las que paseamos durante el juego.  

Desde el punto de vista de los personajes, La cruzada secreta nos ofrece una visión más profunda de Altaïr, que supera con creces el retrato pobre que Ubisoft mostró de él en el primer juego. La novela construye una imagen más perfecta del maestre de los asesinos, cuya presencia ha quedado tan eclipsada por su sucesor, Ezio Auditore.

El estilo narrativo de Bowden no es deslumbrante y su narrativa no sobresale por su brillantez pero cuando nos topamos con una novela como ésta, ya sabemos, o deberíamos saber, que no es un libro pensado para convertirse en una obra maestra de las letras. Su meta es, ante todo, recrear el universo de un videojuego y hacer disfrutar a los fans de la saga Assassin’s Creed de una ampliación de la historia original. Un objetivo que Bowden consigue de sobra.

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